Encuentro N°4: Cuando conocimos a Miguel * tenía 10 años y se encontraba internado en tratamiento por un tumor en la rodilla. Las enfermeras de la unidad comentaron que estaba mucho mejor, que se había bañado y que fuera a verlo. Cuando entré en la habitación estaba sentado de espaldas a la puerta y no llegaba a girar la cabeza para verme. La madre lo estimulo a que dijera sí a la actividad. Me acerqué y vi sobre la cama un libro de animales, le dije que tal vez podíamos pintarlos, él me miró todavía dudoso. La madre insistió, yo dije que tal vez podían pintar juntos y ahí el aceptó, aunque finalmente ella solo nos acompaño. Para comenzar miramos el libro de Florencia Bohtlingk miraba cada cuadro con un detenimiento sorprendente, buscaba animales y personas que se escondían en la selva, los nombraba y describía lo que estaban haciendo. Recordó también el cuadro que otro niño internado estaba pintando un día que se encontraron en el patio. Cada tanto él y su madre se miraban muchísima dulzura. No terminó de mirar el libro ya que al ver un cuadro con una palmera hecho con rojos, celestes, un poco de verde en el cielo y unas montañas a lo lejos dijo que quería hacer una palmera. Me preguntó si yo pintaría con él y le dije que él lo haría solo, con un poco de susto me dijo que quería que pintase con él, respondí que iba a ayudarlo en el caso que no pudiera pero que comenzara solo, que si no le gustaba lo tapábamos con blanco. Pusimos en la paleta los colores del cuadro. Le dije que podía hacer primero el fondo y luego sobre este la palmera. Le mostré como lograr el tono de verde que aparecía en el cuadro. Si bien en el cuadro lo verde era el cielo él se lo atribuyó a las montañas y empezó a pintar haciendo un semicírculo al lado del otro, dando forma a una cadena montañosa. Después lo rellenó con verde haciendo trazos rectos un tanto automáticos, dejé que los hiciera un momento y después tomé su mano pidiéndole que observe el movimiento. Hicimos juntos un trazo recto, luego uno en zigzag y otro más ondulado. Le pregunté si notaba la diferencia, con la cabeza dijo que sí. Le dije que todos los trazos estaban bien y que tratase de sentir que podía tocar la montaña mientras la pintaba, acariciar su forma y sosteniendo su mano en el aire la moví describiendo una montaña. A partir de allí sus pinceladas fueron más pequeñas y articuladas. Miguel es muy dulce y receptivo. Cuando terminó esta primera serie de montañas dijo que no sabía cómo seguir y que no podía hacerlo solo, le dije que las hiciera crecer señalando direcciones sobre el bastidor pero continuó diciendo que no podía, noté que podía angustiarse si seguía pidiéndole que lo hiciera solo, entonces tome su mano y juntos hicimos una diagonal, tomando de referencia las que había en la pintura de Bohtlingk. Bastó hacer juntos una línea para que él recuperase la seguridad y continuara solo el resto de la pintura. Durante todo el encuentro hice hincapié un hacer diferentes verdes, que pensara donde estaba la luz y donde la sombra. A medida que iba a pintar un nuevo sector le preguntaba si sería el mismo verde, uno más claro, más oscuro, etc. Si bien respondió a utilizar variedad de tonos no los relacionó con luz o sombra, tampoco tomaba con facilidad la iniciativa de mezclarlos en la paleta. En varias ocasiones los hice yo y ante cada tono nuevo tono describía lo que estaba haciendo hasta que hacia el final del encuentro se animó un poco más y recordaba las combinaciones. Mientras pintaba me preguntaba donde iría la palmera, yo le explicaba que sería sobre el paisaje pero le costaba entender la idea de figura y fondo. Apoye mi mano sobre el cuadro para mostrarle cómo aparecería y así entendió. Entre las montañas quería hacer un sol, describí distintas maneras en las que podría hacer un sol .Así fue cómo apareció ese gran sol de colores, le pregunté qué color iría en las esquinas del cuadro que quedaron vacías y dijo que quería un color raro. Eligió un púrpura aunque después agregó que no era un color raro a lo que respondí que lo que lo hacía raro era el lugar donde aparecía y di algunos ejemplos. Sin querer hizo una manchita con púrpura sobre el verde, me pidió que la tapase, le dije que era linda y que tal vez podía transformarla en una flor. Cuando llegó el momento de hacer la palmera hizo el tronco sin dificultad pero después no se animaba a hacer las ramas, se las señale en el libro, volvía usar mi mano mostrándole cómo se parecían los dedos y las ramas centrales. Hizo un trazo y se detuvo. Para estimularlo le dije que dibujaría en su espalda una palmera, recorrí parte de su columna con los dedos nombrando el tronco y después las ramas hacia los lados. Sonrió mientras le hacía eso y puso el resto de las ramas. Ya estábamos llegando a las dos horas así que le dije que el detalle de las hojas lo tendría que hacer otro día. Cómo en la paleta quedaba un celeste le dije que si quería lo pusiera para después allí agregar los frutos tal cómo aparecían en el cuadro. No fue tanto para que copie el cuadro si no para que tome de este el hecho de que el árbol puede ser celeste. Lo hizo y luego mientras hacíamos el cuestionario, con el cuadro a más distancia, vio en esa mancha un río y en la pequeña mancha púrpura una persona. Cuando me fui su madre me agradeció mucho por la linda tarde que había pasado yo también les agradecí por el encuentro.

*Con el objeto de preservar la privacidad de la joven, el nombre utilizado en este relato es ficticio.


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