Encuentro N° 1:    
Antonio* tiene 10 años. Cada mes asiste al hospital por un problema pulmonar y próximamente se operará. Una enfermera de la Unidad me recomendó ver a Antonio.  Le pregunté si quería pintar y dijo que sí con una gran sonrisa. Antes de empezar puse sobre la mesa un libro de Aves, uno de Santiago García Sáenz y el de la muestra Bosque. Miró rápidamente el de Aves y mencionó a un loro que tenía y se voló. Cuando estaba por comenzar con la pintura le pregunté si quería usar alguna de las imágenes que tenía en su computadora y asintió. Enseguida comentó que le gustaba hacer cosas relacionadas con Dios, entonces le prepuse mirar el libro de García Sáenz. Le interesó. Le pregunté de qué religión era. La madre -que estuvo allí durante todo el encuentro- aclaró que eran cristianos. Le gustó mucho un cuadro en el cual unos hombres están acostados en el piso de lo que parecía ser un templo vacío, con una imagen del rostro de Jesús en la cúpula.  En el cuaderno le fui indicando cuestiones respecto del planteo espacial del cuadro. Esto lo comprendía con facilidad. Incluso su seguridad y entusiasmo hacían que mis intervenciones, aún siendo insistentes, fueran bienvenidas. Para lo que sí parecía tener dificultad era para mover el pincel con fluidez. Parecía que nunca hubiera utilizado un pincel, aunque dijera lo contrario. Decidí entonces dejar por un rato el bastidor a un lado y hacer juntos ejercicios sobre papel de movimientos del pincel, en zigzag y con diferentes grosores. Antonio parecía disfrutar de ese aprendizaje que se dió de manera lúdica. Mientras pintaba decía que él quería ser artista e incluso que a veces ya le decían que lo era, pero él pensaba que aún no porque todavía le faltaba aprender a pintar. Me quedé un momento en silencio y luego le dije que tal vez él ya era un artista de la misma manera que una semilla ya es un árbol que crece poco a poco y que, siendo artista, siempre se seguía aprendiendo. Pareció entender.  Se lo veía feliz de estar pintando; mientras lo hacía hablaba mucho de su vida y hacía preguntas técnicas. Entre las cosas que comentó dijo que él sería artista pero que nunca se pasaría de la raya.  Comenté que a veces era bueno pasarse de la raya, sobre todo haciendo arte. Él respondió que no lo haría porque así se lo había prometido a un vecino que murió. Le pregunté si no le parecía que podría hablarle a su vecino y explicarle que tal vez sí iba a necesitar pasarse de los bordes para ser artista.  Le propuse escribir una nueva promesa en el cuadro. Primero dijo que sí pero luego decidió que sería para su abuela, por lo cual, no lo hizo. Finalmente, en lugar de pintar los hombres en el piso quiso poner la cara de Jesús, la cual practicó en el cuaderno un par de veces antes de pasar al cuadro.  Hacia el final, cuando en la cúpula ya había puesto una cruz, dijo que también pondría los signos de los otros dioses: ¡Neptuno y Zeus! Antes de irme le saqué una foto con su cuadro. Quiso posar con el pincel detrás de su oreja. Dado su gran entusiasmo le dejé pinceles y algunos acrílicos de regalo. Cuando me despedí, luego de tres horas de trabajo, me preguntó si no podía darle la dirección de mi casa para venir a pintar. Me causó mucha ternura y a cambio le dí mi teléfono para que me avise cuando fuera al hospital.    

Hospital de Niños Ricardo Gutierrez, 28 de junio de 2013. Encuentro con Catalina.

 

* Con el objeto de preservar la privacidad del niño, el nombre utilizado en este relato es ficticio.

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